jueves, 16 de julio de 2009

miércoles, 20 de mayo de 2009

Del consagrado que profundiza vocación



En torno a la VC hoy no falta empeño, sacrificio, búsqueda. En las últimas décadas se ha sembrado mucho aunque se ha recogido poco. Por eso es urgente “discernir lo que el Espíritu de Dios está haciendo surgir entre nosotros para responder a los desafíos de nuestro tiempo y construir el Reino de Dios”, reforzar esa novedad y convertirla en punto de partida de etapa nueva. En otras palabras, se necesita sembrar esperanza, poner pasión y reforzar los signos claros de vitalidad.

La Instrucción Caminar desde Cristo afirma que la VC, para que pueda ser expresión del Señor Resucitado, tiene que “desarrollarse y afirmarse en formas siempre nuevas”. ¿Cómo deberían ser esas formas nuevas y cómo hacerlas posibles? ¿Con qué espíritu y con qué ánimo hay que emprenderlas? No hay ninguna duda que para que se revitalicen quienes están encargados de revitalizar el mundo lo menos que podemos pedirles es que estén apasionados por lo que viven e invitan a vivir.

La tarea más desafiante que religiosos y religiosas tenemos por delante consiste en devolver a nuestra vida de seguimiento radical su encanto. Y ello sólo será posible si ponemos la pasión por Cristo y por la humanidad en nuestro corazón y en nuestra vida. Sólo así se la devolvería el encanto que tanto necesitaba. Solo así llegará a ser significativa y fecunda. Sólo así atraerá a otros la seguimiento.

martes, 5 de mayo de 2009

El «consagrado» que toma su vocación en serio






Ante el silencio de Dios

Orar es poner conscientemente todo cuanto se ha sido, se es y puede llegarse a ser ante la omni-penetrante presencia de Dios. Orar es llegar a tomar conciencia de quién es Dios en sí mismo y quién es Dios para quién ora. Orar es, en definitiva, ir en busca de un manantial del que brota la existencia toda, y experimentar el propio ser como algo salido de aquella fuente inagotable en su amor creacional y donativo. Es volver al comienzo para sentirse renacido.

La vida es una muerte paulatina. Y cuando nos atenaza el angustioso sentimiento de estarnos deshaciendo en cuanto hacemos, tenemos la imperiosa necesidad de regresar al momento de nuestro primordial con la vida. Entrevemos así que nada en nosotros muere del todo, porque, si es cierto que la evidencia nos dice que nacemos para morir, una fuerza oculta nos susurra que morimos para seguir naciendo. Nos ocurre algo parecido a lo que le acaece la salmón. Cuentan que este pez, cuando siente la zarpa de la muerte clavarse en sus entrañas, remonta la corriente del río hasta ir a dejar su vida en el lugar mismo en que, un día, fue desovado; el salmón muriente se abraza con su propia vida iniciada tiempo atrás; es como si, con esta lucha por sobreponerse a la inercia de los cauces y las degradaciones biológicas, quisiera colocarse más allá de su caducidad. En cierto modo, esto es orar. Es ir al comienzo para sentirse renacido en Dios y en él transportado a una vida perdurable. Orar es la más profunda y definitiva experiencia de estar vivo. Es un acto supremo de fe en la existencia, un compromiso de esperanza con la vida.

Orar es, sí, maravilloso, pero muy difícil. No sólo porque la bullanga del mundo circundante rompe los equilibrios interiores del que ora y destensa los tejidos de su espíritu. Orar es difícil, sobre todo, porque Dios parece ocultarse más, mientras más es buscado. Al orar sentimos la necesidad imperiosa de establecer diálogo con nuestro Dios: queremos verlo, tocarlo, abrazarlo, besarlo, escuchar el timbre de su voz, recorrer la biología de su presencia sensible. Y nada de eso se nos concede en la oración. Dios calla.

Su silencio provoca en nosotros interrogaciones, cada vez más lacerantes. En la oración descubrimos algo, en apariencia terrible: Dios no es nada, es decir, Dios no es un «algo», una realidad limitada en sí y yuxtapuesta a otras realidades limitadas y pequeñas. Dios está en el mundo de nuestras experiencias sin pertenecer al mundo de las presencias cósmicas. Dios no sólo está más allá de todo, sino que se halla también tan «más acá» de cuanto existe, que todo lo traspasa, todo lo trasciende, todo lo envuelve sin ser nada de cuanto podemos señalar con el dedo.

El hombre religioso de nuestros días está aterrorizado, o, por lo menos, atónito ante Dios. Y es que el hombre religioso de hoy no tiene ausencia de experiencia de Dios, sino que tiene la experiencia de su ausencia. Dios no se encuentra ubicado entre los seres con quienes puede entablarse una relación inmediata de contigüidad. Dios es el vecino que no vive en ninguno de los apartamentos del inmueble de la vida, pero que al tiempo da la existencia a todos sus inquilinos sin cobrarles alquiler. Esta paradójica presencia, que se manifiesta en los signos de una silente transparencia, desconcierta al hombre, lo saca de las evidencias cotidianas y lo deja sin palabra. Y es esto lo que hace más difícil la oración hoy: la ausencia de Dios. También ara el religioso, aunque se le diga que debe ser persona de constante oración. Con frecuencia nos toca saborear, también nosotros, la amarga ausencia de Dios.

domingo, 3 de mayo de 2009

domingo, 19 de abril de 2009

sábado, 18 de abril de 2009

jueves, 16 de abril de 2009

Formación y Carisma. Conceptos fundamentales


De acuerdo con el Carisma del Padre José Manyanet, los conceptos fundamentales deben ser contemplados y aplicados en todo proceso formativo.
“Jesús, María y José, modelo de nuestra vida consagrada y apostólica”: Éste es el paradigma que resume todo el contenido del ideal de formación del Padre Manyanet.
“Hemos sido llamadas a copiar en nosotras con mayor per­fección las virtudes de que nos dieron admirable ejemplo nuestros amados padres Jesús, María y José...”
El misterio de Nazaret es el eje en torno al cual gira el Carisma del Padre fundador. De la “Escuela de Nazaret” deduce las lecciones para sí mismo y para los Hijos e Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret. Para él, la formación consiste en lograr la perfección en el seguimiento radical de Jesucristo, en la vivencia de los votos de castidad, pobreza y obediencia; en la fecundidad de la vida comunitaria y en la fidelidad a las Constituciones y Reglas propias de la Congregación; todo esto vivido desde la triple dimensión de comunidad de fe, vida y de trabajo. Desde la perspectiva manyanetiana todo el ideal formativo se resume en convertirse progresivamente en hijo, testigo y apóstol de la santidad de vida de Jesús, María y José.
“El Padre Manyanet, movido por el Espíritu, se consagró enteramente a seguir y anunciar a Cristo en el misterio de Nazaret. Este Carisma del que todas participamos impregna nuestra consagración a Dios y nuestra misión apostólica” (Const. 3 y 33).
La cofundadora, M. Encarnación Colomina y Agustí, y todas las religiosas que la siguieron, asimilaron y transmitieron con fidelidad el Carisma recibido.
A lo largo de la historia de la Congregación el fin de la formación siempre ha sido el desarrollo integral de la persona y la configuración progresiva con Cristo, según el proyecto de vida trazado en las Constituciones. Dicho proyecto lleva a comprender y a asumir los rasgos de identidad propios de una religiosa de Nazaret:
a. Seguir a Cristo en el misterio de Nazaret.
b. Vivir en comunidad según el espíritu de la Sagrada Familia.
c. Actualizar el ideal del Padre Manyanet: "Un Nazaret en cada hogar", especialmente a través de la educación integral de la niñez y de la juventud.
d. Propagar el amor, imitación y devoción a la Sagrada Familia.

La noche de las estrellas

miércoles, 15 de abril de 2009

El alfarero

"Hasta que Cristo se forme en vosotros"





Para las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret la formación es la base fundamental sobre la que se apoya su crecimiento y su continuidad. Es el medio más eficaz para lograr el desarrollo personal, responder a las exigencias de la vida religiosa, asumir la identidad congregacional y fortalecer una auténtica personalidad apostólica y misionera. “El objetivo central del proceso de formación es la preparación de la persona para la consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento de Cristo, al servicio de la misión”.
La religiosa de Nazaret concibe la formación como un proceso integral que abarca todas las áreas de la persona y dura toda la vida. “La formación, por tanto, debe abarcar la persona entera, de tal modo que toda actitud y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia a Dios, tanto en los momentos importantes como en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana.
La acción formativa va dirigida a propiciar una verdadera experiencia de fe, vida y trabajo que se realiza y consolida en comunidad. “Puesto que la formación debe ser también comunitaria, su lugar privilegiado (…) es la comunidad. En ella se realiza la iniciación en la fatiga y en el gozo de la convivencia”.
Según el Carisma fundacional, “la religiosa de Nazaret está llamada a vivir en familia”. El hogar de Jesús, María y José es el marco de referencia a partir del cual se concreta la misión: propagar el amor, la imitación y la devoción a la Sagrada Familia así como la promoción y formación de la familia, principalmente a través de la educación e instrucción sólidamente cristiana - católica de la niñez y la juventud. “Toda vez que estamos honradas con el hermoso título de Hijas de la Sagrada Familia, debemos a todo trance, imitar en la educación e instrucción de aquella porción de jóvenes que nos ha sido particularmente confiada, la ejemplarísima conducta de nuestra tan buena madre (...) y hacer a nuestros discípulos objetos dignos de amor y ternura de Jesús y de María. Sin duda que esto esperan de nosotros nuestros santísimos Padres”.