
Ante el silencio de Dios
Orar es poner conscientemente todo cuanto se ha sido, se es y puede llegarse a ser ante la omni-penetrante presencia de Dios. Orar es llegar a tomar conciencia de quién es Dios en sí mismo y quién es Dios para quién ora. Orar es, en definitiva, ir en busca de un manantial del que brota la existencia toda, y experimentar el propio ser como algo salido de aquella fuente inagotable en su amor creacional y donativo. Es volver al comienzo para sentirse renacido.
La vida es una muerte paulatina. Y cuando nos atenaza el angustioso sentimiento de estarnos deshaciendo en cuanto hacemos, tenemos la imperiosa necesidad de regresar al momento de nuestro primordial con la vida. Entrevemos así que nada en nosotros muere del todo, porque, si es cierto que la evidencia nos dice que nacemos para morir, una fuerza oculta nos susurra que morimos para seguir naciendo. Nos ocurre algo parecido a lo que le acaece la salmón. Cuentan que este pez, cuando siente la zarpa de la muerte clavarse en sus entrañas, remonta la corriente del río hasta ir a dejar su vida en el lugar mismo en que, un día, fue desovado; el salmón muriente se abraza con su propia vida iniciada tiempo atrás; es como si, con esta lucha por sobreponerse a la inercia de los cauces y las degradaciones biológicas, quisiera colocarse más allá de su caducidad. En cierto modo, esto es orar. Es ir al comienzo para sentirse renacido en Dios y en él transportado a una vida perdurable. Orar es la más profunda y definitiva experiencia de estar vivo. Es un acto supremo de fe en la existencia, un compromiso de esperanza con la vida.
Orar es, sí, maravilloso, pero muy difícil. No sólo porque la bullanga del mundo circundante rompe los equilibrios interiores del que ora y destensa los tejidos de su espíritu. Orar es difícil, sobre todo, porque Dios parece ocultarse más, mientras más es buscado. Al orar sentimos la necesidad imperiosa de establecer diálogo con nuestro Dios: queremos verlo, tocarlo, abrazarlo, besarlo, escuchar el timbre de su voz, recorrer la biología de su presencia sensible. Y nada de eso se nos concede en la oración. Dios calla.
Su silencio provoca en nosotros interrogaciones, cada vez más lacerantes. En la oración descubrimos algo, en apariencia terrible: Dios no es nada, es decir, Dios no es un «algo», una realidad limitada en sí y yuxtapuesta a otras realidades limitadas y pequeñas. Dios está en el mundo de nuestras experiencias sin pertenecer al mundo de las presencias cósmicas. Dios no sólo está más allá de todo, sino que se halla también tan «más acá» de cuanto existe, que todo lo traspasa, todo lo trasciende, todo lo envuelve sin ser nada de cuanto podemos señalar con el dedo.
El hombre religioso de nuestros días está aterrorizado, o, por lo menos, atónito ante Dios. Y es que el hombre religioso de hoy no tiene ausencia de experiencia de Dios, sino que tiene la experiencia de su ausencia. Dios no se encuentra ubicado entre los seres con quienes puede entablarse una relación inmediata de contigüidad. Dios es el vecino que no vive en ninguno de los apartamentos del inmueble de la vida, pero que al tiempo da la existencia a todos sus inquilinos sin cobrarles alquiler. Esta paradójica presencia, que se manifiesta en los signos de una silente transparencia, desconcierta al hombre, lo saca de las evidencias cotidianas y lo deja sin palabra. Y es esto lo que hace más difícil la oración hoy: la ausencia de Dios. También ara el religioso, aunque se le diga que debe ser persona de constante oración. Con frecuencia nos toca saborear, también nosotros, la amarga ausencia de Dios.